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Gabriela Vidas




Es quizás el primer recuerdo que tengo de mi infancia. Estar –a los tres años- sobre la falda de mi madre, aprendiendo a escribir un “papá te quiero”. A ese padre que lejos, por trabajo, esperaba las viejas cartas por avión. Que luego me enseñó a interpretar, a leer entre líneas, a ensayar el pensamiento crítico. No podrían haberme dejado mejor herencia.
Con los años, escribir fue un oficio para “parar la olla”, desde las redacciones de módicos diarios de provincia. Pero en algún momento descubrí que me resultaba liberador, ante desgracias y miserias cotidianas, vomitarlas en un papel. Textos que pocas veces terminaba: unos con gritos al universo; otros, cartas jamás enviadas. A veces cuentos, con destino cierto a la papelera. Siempre con el miedo a la crítica, en terreno que me era desconocido. Con terror al fracaso.
Ahora no hago terapia, pero me animo. A que me destripen, en texto y alma. Porque cada palabra o episodio, encierra algo que todavía no emerge. O sí, en el papel.



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Alas Letras,
24 oct. 2015 19:19
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Alas Letras,
24 oct. 2015 19:19
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